MascoLive: hacer medicina veterinaria en Cuba entre la urgencia, la escasez y la polémica
En medio de la pandemia, cuando la mayoría de los servicios se paralizaban y la atención veterinaria se volvía aún más limitada, comenzó a gestarse lo que hoy es. No nació como una clínica en forma, sino como una respuesta improvisada a una necesidad urgente.
Su fundador, Cesar Espinosa Ruiz, ya trabajaba como veterinario, pero no contaba con una clínica formal ni un negocio estructurado legalmente. “Se cerraron todas las actividades y empezamos a ayudar como podíamos. Dábamos orientación, acompañábamos a las personas con sus mascotas. Ahí empezó todo”.
La formalización llegó después, cuando el marco legal permitió la creación de pequeñas y medianas empresas. MascoLive fue una de las primeras clínicas veterinarias privadas en establecerse bajo ese esquema en Cuba. Pero más que una oportunidad, el proyecto respondió a un vacío evidente: la falta de servicios integrados y accesibles.
“Era muy difícil encontrar en un mismo lugar todo lo que una mascota necesitaba”, explica Cesar. A esa fragmentación se sumaba la urgencia constante de los casos. “Había situaciones que no me permitían ni dormir. Entonces decidí que había que garantizar atención las 24 horas”.
Esa decisión marcó el crecimiento de la clínica, pero también su etapa más compleja. La implementación de servicios de emergencia implicó formar equipos prácticamente desde cero en un país donde, según reconoce, no existen programas de especialización en áreas críticas como urgencias o cuidados intensivos veterinarios.
“El crecimiento fue muy rápido. Llegamos a tener diez veces más clientes en poco tiempo, pero sin personal con experiencia suficiente. Eso generó momentos de mucha presión”, admite. Recuerda, en particular, jornadas como un primero de enero en el que la demanda superó la capacidad operativa. “Las personas llegan en situaciones límite, con ansiedad, y no siempre logran entender lo que está pasando”.
En paralelo, también tuvieron que adaptarse a un entorno institucional que no estaba preparado para la existencia de clínicas veterinarias privadas. “Para el Estado también era algo nuevo y no siempre sabían cómo manejarlo”.
En ese contexto comenzaron las primeras críticas públicas. Según explica Cesar, las denuncias surgieron inicialmente por inconformidades relacionadas con los costos de los servicios. “Hubo una denuncia hace unos años por lo que se había cobrado, y a partir de ahí todo empezó a amplificarse”. A esto se sumaron tensiones con asociaciones y problemas de comunicación que contribuyeron a escalar la polémica.
Frente a ese escenario, la clínica ha intentado reforzar sus mecanismos internos. Operan con protocolos clínicos y realizan discusiones de casos dos veces al día, incluyendo fines de semana.
“Siempre analizamos qué hicimos bien y qué pudimos hacer mejor”. Además, realizan reuniones mensuales en las que revisan tanto casos exitosos como aquellos que no lograron salvarse.
Sin embargo, más allá de la organización interna, el mayor desafío sigue siendo material. La falta de insumos y medicamentos es una constante. “No existe un suministro estable. Si hoy tienes un recurso, mañana puede que no”, explica.
Esta realidad obliga a improvisar en situaciones críticas. “Hay casos en los que no contar con un insumo específico puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte”.
A pesar de esas limitaciones, MascoLive ha desarrollado una infraestructura poco común en el contexto cubano, con servicios de emergencia 24 horas, hospitalización, diagnóstico por imagen, laboratorio clínico y cirugía especializada. Parte de ese desarrollo ha sido posible gracias a la formación continua del equipo.

En Cuba no existen programas formales de posgrado en clínica de pequeñas especies, por lo que la capacitación depende en gran medida de iniciativas individuales.
Cesar se ha formado en el extranjero en áreas como ecografía y emergencias, y esos conocimientos los replica dentro de la clínica. “Lo que aprendemos fuera, lo adaptamos y lo enseñamos aquí”.
El trabajo en emergencias también deja una huella emocional. Entre los casos que más lo han marcado recuerda el de una perrita de 12 años que llegó en estado crítico. Lograron estabilizarla temporalmente y diagnosticar una condición compleja, pero no sobrevivió. “No siempre se puede salvar, pero sí se puede intentar hasta el final y dar respuestas a la familia”.
Las críticas, sin embargo, no han desaparecido. Ante quienes cuestionan la gestión de la clínica, su respuesta es directa: “Estamos comprometidos con la salud de las mascotas. Sabemos que no podemos salvar a todos, pero lo intentamos sin parar”.
En medio de estas tensiones, reconoce también un cambio positivo: la evolución en la relación de las personas con sus animales. “Hoy hay más conciencia. Las mascotas son familia”, afirma, lo que ha impulsado también el crecimiento del sector veterinario en la isla.
Si tuviera que señalar un punto clave para mejorar el sistema, no duda: la formación. “Es necesario actualizar completamente la enseñanza veterinaria en Cuba”.
Más allá de los resultados, el proyecto también ha sido un proceso de transformación personal. “Me ha hecho más resiliente. He aprendido de los errores, a organizarme mejor y a entender lo que realmente importa”.
En un contexto marcado por limitaciones estructurales, críticas públicas y una demanda creciente, MascoLive se sostiene en esa idea: hacer lo posible —y a veces lo imposible— en un entorno donde casi nada está garantizado.
